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“Eran las 18.30. El gentío penetró en la nave. Edelstein, radiante bajo su malla azul con un casco de telgopor recién terminado, sonreía. Chiquillos admiradores de Marta Minujín caminaban entre señoras y señores serios. De pronto, la sala quedó a oscuras. La batería bramó como si hubieran sido disparados cien cohetes juntos. En la oscuridad, los chillidos de las señoras fueron superados por otro mayor, uno de esos alaridos que hasta el Tarzán de Burroughs hubiera envidiado. Alguien arrojó un trozo de telgopor que dio sobre la cabeza de otro y… bueno. Así como la batalla de Pozo de Vargas se libró con ritmo de zamba, esta contienda tuvo como fondo musical compases de jazz […] La lucha se prolongó durante 15 minutos. Dos muchachones descubrieron en la planta superior de la nave espacial dos bolsas de telgopor molido y las volcaron sobre la gente, como si fuera carnaval […] uno de los que había interrumpido su tarea para mirar el inesperado espectáculo decía: « ¿Pero éstos no tienen demasiado con la Minujín?» Afligida, una señora de CORDIC recomendó a los periodistas: «Por favor, no digan que nosotros organizamos un happening, porque no es así. Esta era una experiencia que hoy arruinaron estos chiquillos»” (“No aconsejable para cardíacos”, Gente, noviembre de 1966).