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Guillermo Whitelow describe la obra de la siguiente manera: “Lea Lublin ha trazado un recorrido, simulando el interior de una mina. El espectador transita por ese espacio hasta llegar al centro mismo de la estructura, atendiendo a una serie de consignas de participación, que rezan así: «Sáquese los zapatos; éste no es más que un comienzo; elija y golpee; piense; marche libre; desnúdese y piense; reflexione y actúe; arte será vida». Dócil o no a tales consignas (ignoramos si alguien se desnudó), quien penetre en el laberinto debe colocarse un casco de minero, recorrer un ámbito en penumbras, de 50 metros de largo por 2,50 de alto, que se desenvuelve en una superficie de 64 metros cuadrados. El piso se halla cubierto por materiales de distinto origen, que aluden a los cuatro elementos, a saber: tierra, 7 metros cúbicos; agua fluorescente, 200 litros; arena, 4 metros cúbicos; piedra, 2 metros cúbicos; leña y carbón, 80 kilos; semillas (trigo, avena, arroz, sorgo, centeno, lino, etc.), 500 kilos; tierra con semillas, 2 metros cúbicos; tierra con productos (papas, zanahorias, cebollas), 100 kilos. A través de los ítems enunciados, el espectador debe tomar conciencia de que está en la tierra y de que no es posible eludir el contacto con las cosas esenciales, sino que hay que retomarlo, más no sólo en forma sensorial: la experiencia también aspira a ser filosófica. Los productos elegidos son los que más se aproximan a lo originario, los más apegados a la madre tierra, esenciales sustentadores de la vida” (en “Carta de Buenos Aires”, Art International, febrero de 1970).