En 1989 Maresca presenta sin subterfugios los signos palpables de la caducidad. Recobra algo de su salvajismo inicial para hacer La Cochambre. Lo que el viento se llevó, instalación con la que comienzan las actividades del espacio dedicado a las artes plásticas del Centro Cultural Ricardo Rojas (UBA), que estaba gestionado por Jorge Gumier Maier. Julio de 1989 era la primera fecha de una programación que su curador había dedicado a artistas jóvenes y de –hasta entonces– escasa visibilidad. El momento coincidió con que Maresca había encontrado unos derruidos muebles de jardín de un paseo del Tigre –paradójicamente llamado El galeón de oro– con los que quería hacer una instalación para la que no tenía sala.
Esqueletos de mesas, sillas y sombrillas, restos de mampostería, peligrosos alambres oxidados, a los que solamente se les había sacado con un trapo el exceso de tierra con el que habían sido encontrados, se erigían como símbolos de la decadencia y la muerte, no sólo la individual –el apunte autobiográfico parece insoslayable– sino también la social, ya que la artista anota en un volante que acompaña la obra, que el paseo había sido intervenido por la dictadura y sus instalaciones descuidadas y saqueadas. La metáfora es bastante clara y brutal: esos restos pueden parangonarse a los miles de desaparecidos por la represión militar o también, a los muertos que pudimos haber sido o que vamos a ser.