propias víctimas –las cargadas de prejuicios, sobre todo sociales– eran quienes coqueteaban con él. Lo veían como un ángel liberador de los prejuicios que en definitiva ataban a ellos mismos”. Greco escribió: “Mi obra empieza cuando mi carnaval termina. Le llamo carnaval pero no es: es simplemente necesidad de espíritu, de espontaneidad, de alegría de vivir.”
Su desencanto con la tendencia que había contribuido a difundir en Buenos Aires era evidente. Greco solía repetir: “Cuando llegué de Brasil mi sueño era formar un movimiento informalista, terrible, fuerte, agresivo, contra las buenas costumbres y las formalidades. Se impuso lo peor del informalismo: lo decorativo, lo fácil, aquello que no soporta ser visto dos veces.”
Luego retornó a París. Al comenzar 1962 participó en Curatella Manes y 30 argentinos de la Nueva Generación, una muestra organizada por Germaine Derbecq en la galería Creuze-Messine. Según parece, a la inauguración –que fue muy concurrida– asistieron Malraux y Le Corbusier. Greco presentó su primera propuesta de “Arte Vivo”: Treinta ratones de la nueva generación, un recipiente de cristal, con fondo negro, en cuyo interior había treinta ratones blancos. La obra duró sólo un día por el mal olor que despedía. A partir de esa muestra comenzó con las “acciones” que denominó Vivo-Dito. En marzo de 1962 realizó en las calles de París su Primera Exposición de Arte Vivo, “firmando” personas. Luego, en el salón